Los
primeros días había podido ocultarlo sin dificultad. Con una llamada a su
secretaria había bastado: se tomaría un descanso. No tuvo que dar muchas
explicaciones. Al jefe nunca se le piden.
Pero los días habían ido pasando. Primero despacio y después vertiginosamente, hasta que sin darse cuenta, ya habían transcurrido casi dos semanas desde el primer brote de fiebre. Pero el olfato no había regresado.
Pero los días habían ido pasando. Primero despacio y después vertiginosamente, hasta que sin darse cuenta, ya habían transcurrido casi dos semanas desde el primer brote de fiebre. Pero el olfato no había regresado.
Entonces
pensó que tal vez fuera cosa del estrés. Con el lanzamiento de la nueva gama de
productos, las cosas se habían puesto muy duras y en más de una ocasión había
tenido que realizar maratonianas jornadas de hasta 15 horas. Tenía que tratarse
de eso: su organismo había decidido rebelarse contra los abusos a los que había
venido sometiéndolo, privándole de lo que más necesitaba.
La
opción facultativa quedó descartada desde el principio. Era del firme
convencimiento de que si uno iba al médico éste terminaba siempre por
encontrarte algo. Sólo era cuestión entonces de relajarse y dejar que las cosas
se normalizaran por sí solas.
Un
cuadro de estrés fue la excusa oficial que postergó su regreso al trabajo.
Lo
probó todo: desde el yoga al taichi pasando
por las técnicas de relajación budista, la música New Age y la Opera
Chillout , pero nada dio resultado. Su nervio olfativo seguía
tan bloqueado como su vida.
Poco a poco fue perdiendo el interés por la comida, que le resultaba insípida y aséptica, limitándose a ingerir alimentos- cuales fueran, qué más daba- cuando la debilidad se apoderaba de su cuerpo. Hasta que una mañana sintió que no había ya nada que pudiese hacer y desesperado, se rindió a la evidencia: tendría que ir al médico.
El otorrino lo recibió como agua de mayo. Un caso como el suyo no se presentaba todos los días, amén de que el pobre hombre andaba harto de diagnosticar infecciones de oído y amigdalitis. Así que se dedicó a estudiar su problema con el mimo e interés de un médico en prácticas y no fue hasta haberle sometido a infinidad de pruebas e interminables días de espera que se decidió a darle el veredicto.
Su
anosmia era permanente e idiopática- ¿por qué los médicos se empeñan siempre en
torturarnos con términos que no parecen de este mundo?- ‹‹Es decir, que según el resultado de las pruebas no tiene una causa
identificable››, le había aclarado después,
ante su cara de pasmo. ‹‹Al desconocerse
el origen de la patología – había añadido- no existe un tratamiento aplicable, lo cual significa que podría sea
irreversible››.
La
noticia ni siquiera le sorprendió. De algún modo, hacía tiempo que lo sabía. Con un distraído apretón de manos, agradeció al
médico su sinceridad y salió de la consulta.
Una vez
en casa la decisión ya estaba tomada. Despachó a la asistenta antes de lo
habitual y sin perder un solo minuto dispuso lo necesario en su habitación.
Cuando todo estuvo listo, se tumbó en la cama y cerró los ojos, imaginando
cómo, al día siguiente, la prensa se haría eco de la noticia: ‹‹ M.R.M. fundador del mayor holding perfumístico
del país ha sido hallado sin vida en su casa. Por el momento, se desconocen las
causas de su muerte. ››
Pero
entonces le sobrevino la idea -quemar su
último cartucho- y concluyó que no perdía nada por intentarlo.
Consultó
el reloj y, tras comprobar que se acercaba la hora punta, se apresuró a salir
de casa y se encaminó hacia el metro. Rememorando los tiempos en que todavía no
podía permitirse coche de empresa, descendió al andén, a tiempo aún para
colarse en el último vagón del convoy que en esos momentos retomaba su marcha.
Entonces buscó al pasajero de aspecto más castigado por la jornada. Lo divisó al fondo del compartimento: un hombre de traje anticuado y corbata de vistosos colores. Tras media docena de codazos, se situó a su lado. Junto al tipo del traje, un viejo de pelo gris, ojos claros y chaqueta de puños raídos sonreía al vacío y repetía, una y otra vez: "Dicen que hay Dios, pero es mentira, si la gente que roba muriera de cáncer, entonces no lo sería".
Intentando
abstraerse a la salmodia del extraño profeta, cerró los ojos y clavó la nariz
en el sobaco del hombre del traje anticuado, dejando que su mente hiciera el
resto, y volara en busca de la condensación de olores que, de buen seguro, en aquel mismo instante
debían estar mezclándose en su pituitaria. Rastreó, hasta lo más recóndito de su cerebro, el
recuerdo olfativo de tantos otros momentos vividos como aquel, mientras la
letanía del viejo resonaba una y otra vez en sus oídos.
Hasta
que se produjo el milagro y M.R.M rompió a llorar de felicidad, extasiado por
el olor del sobaco de su vecino de viaje; sin duda, el aroma más dulce.
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Fotografías cedidas por Cristina Costales
La obra de Cristina Costales está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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Fotografías cedidas por Cristina Costales

La obra de Cristina Costales está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
A eso le llamo la poesía del hedor matutino ¡Muy bueno! ;P
ResponderEliminarPatri, la poesía está en todas partes, eso tú ya lo sabes.
EliminarGracias por pasarte por aquí.